Por: Matías Irala
Esta vez nos trasladamos a 10 años atrás, para rescatar este disco que catapultó a Lady Gaga como nuevo icono de modernidad, en un escenario pop que se encontraba carente de ídolos con contenido. Gaga aparece como diva mesiánica capaz de satisfacer a las masas y demostrar con el transcurrir del tiempo que era más que un producto sintético.
¿Era novedosa la propuesta de la neoyorquina? Ciertamente, no. Pero reunía elementos de cantantes eclécticos como David Bowie, la excentricidad de Grace Jones, el desenfado sensual de Debbie Harry y el plagio disfrazado de inspiración a una artista que toda aspirante al mundo pop evoca: Madonna.
Con todos estos ingredientes combinados en una sola persona, era claro que la atención de los medios especializados llegaría en algún momento, por lo que no es descabellado pensar en retrospectiva en The Fame, como una hostia que apareció para consagrar el delineamiento musical y estético que vendría en los años siguientes, además de aprovechar el auge de las plataformas de música y el último trecho de MTV como dispositivo visual para celebrar su —autoreferencial— popularidad.
El álbum, un compilado de canciones dance pop —algunas más elaboradas que otras— destacó gracias al olfato musical de productores como Redone y Space Cowboy, quienes conscientes del periodo austero por el que pasaba el mundillo pop en aquel entonces, alentaron a la cantante a combinar canciones con propuestas cargadas de gran teatralidad, elemento que después sentaría el estilo visual de los primeros años de la cantante.
Canción necesaria:Lovegame, por presentar la controvertida metáfora disco stick