En este reportaje, Fundación Texo, El Granel, El Salazar y Espacio E analizan cómo se desarrollan nuestras costumbres y conocimientos desde adentro, y de qué manera funcionan afuera, en la calle, en el encuentro cotidiano con el otro.
Texto: Micaela Cattáneo
Fotografía: Gentileza/Vanella Barbieri
Alejandro Jodorowsky, escritor y artista chileno, en una oportunidad hizo una reflexión sobre cuán trascendente es la cultura para la humanidad. Dijo que cuando los países se desmoronan y se caen, lo único que queda de ellos es la cultura, por eso es tan importante. “Un país sin cultura va a la desaparición. Creo que hay que dedicar un capital a la cultura, crear productos útiles para el ser humano, tanto para su consumo como para su conciencia”, expresó.
Esta frase se amolda perfectamente al contexto que vive América Latina; un contexto cargado de discursos violentos y crisis económicas que, directa o indirectamente, dividen a la sociedad. Es en momentos como estos cuando las posibilidades artísticas y culturales deben integrar a las personas, más allá de sus ideologías, en el afán de generar diálogos que construyan ciudadanía.
Por eso, tomamos la voz de cuatro espacios culturales que entienden que conversar desde el arte propone un aprendizaje colectivo y una valorización de los que nos hace únicos ante el mundo.
Prólogos y memorias
Fundación Texo para el arte contemporáneo es un proyecto de Texo, un grupo de empresas que lidera el marketing en el país. Nació hace tres años, como una evolución de las iniciativas artísticas que ya venía desarrollando el holding, a nivel empresarial. El director ejecutivo de la fundación, Martín Nasta, asegura que se trata del resultado de la formalización de esfuerzos en una institución que desde sus inicios buscó, fundamentalmente, apoyar a los artistas nacionales.
“El arte de regalar fue la primera acción del grupo, en 1985. La idea del presidente Daniel Nasta, era obsequiar arte a los empleados, en vez de agendas o utilitarios. Eso nos permitió conocer artistas; interactuar con ellos”, recuerda el director. 30 años después se creó la fundación, que anualmente desarrolla cuatro programas que enriquecen el vínculo entre cultura y sociedad.
Hablamos de Contar el arte, una serie de entrevistas a referentes del arte contemporáneo en Paraguay; Mostrar el arte, exposiciones y exhibiciones itinerantes; Pensar el arte, coloquios, desarrollo de libros y documentales; y Selección Texo, proyectos que promueven la cultura e identidad paraguaya.
La historia de creación de El Granel transmite el mismo entusiasmo de Texo por visibilizar temas que son importantes en nuestro país, a través de muestras de arte, teatro, música, etc. Según su fundadora, María Glauser, este espacio nació casi sin querer. Ella cuenta que de la noche a la mañana, junto a su madre, encontraron una hermosa casa colonial con una excelente ubicación en Asunción y que, de inmediato, se pusieron a arreglar cada sala del lugar para que las personas que estaban emprendiendo un proyecto artístico, educativo o recreativo, tuvieran un sitio donde compartir lo que hacían.
Desde marzo del 2014, El Granel es un lugar de encuentros; un rincón que reúne diversas propuestas, como: Teatro Mbyky, obras breves que se realizan en simultáneo; ciclos de jazz, con referentes de la escena tocando en vivo; talleres de cerámica y costura; clases de guaraní; y Callecultura, evento anual que lleva la programación de todos los espacios culturales del barrio a la calle, entre muchos otros.
Dos años antes —en diciembre de 2012— Espacio E abría sus puertas, dejando esparcir, principalmente, presentaciones de danza, teatro y artes del cuerpo en cada una de sus esquinas. La directora del proyecto, la bailarina Edith Correa, destaca que la apertura de este lugar tuvo que ver con el deseo de generar formación, intercambio y creación de ideas vinculadas al arte, que solidifiquen relaciones individuales y colectivas.
Desde un principio, la intención de Espacio E fue que diferentes disciplinas y artistas –de corta y larga trayectoria–, se crucen. “No se trata sólo de generar espacios para mis obras, sino de construir ambientes donde podamos aprender los unos de los otros. No creo en las jerarquías, sí en las redes de conocimientos, saberes y experiencias”, describe sobre este espacio que propone en su agenda clases de yoga, puestas de danza contemporánea, talleres de actuación, etc.
En esa misma línea, se destaca El Centro Cultural de España Juan de Salazar (CCEJS), creado en abril de 1976, a partir de lo que fue el Instituto de Cultura Hispánica (hoy, la Agencia Española de Cooperación al Desarrollo), dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores de España. El JuanDe, fundado en medio de la dictadura de Stroessner, la Guerra Fría y la transición democrática de España, difunde cultura y fomenta el debate entorno a esta como elemento clave del desarrollo social.
Desde entonces, su programa se nutre de conciertos (como Música Okápe), muestras de cine con enfoque en derechos humanos, exposiciones artísticas, obras de teatro, clubes de lectura, seminarios, ferias, etc. Su director, Fernando Fajardo Fernández, es claro con respecto al rol que ejercen los espacios culturales: “es fundamental que sean gestores de conocimiento”.
Visitas que suman
Luego de conocer el motor inmóvil de estas cuatro instituciones, es necesario profundizar en los discursos que los mantienen en movimiento dentro del arte y la cultura. Antes de la oficialización de la Fundación Texo, la empresa del mismo nombre hizo una investigación que llevó a la siguiente conclusión: la conversación sobre arte en Paraguay era prácticamente nula.
Ante este panorama, y partiendo del coleccionismo de Daniel Nasta, el grupo planteó un espacio donde el arte contemporáneo se reposicione, es decir que sea más próximo y cálido, no intocable o inaccesible. “Mi papá decía: “tenemos que hacer que la gente le pierda el miedo al arte”. Por eso, la comunicación forma parte de nuestro contenido, porque entendemos que un lenguaje menos hermético genera participación”, destaca Martín Nasta.
Él da fe de que la misión de cualquier espacio cultural es generar participación, porque si no sucede eso, es un lugar muerto. “Ese concepto funciona de la misma forma en un espacio público, ya que este se desarrolla si hay gente viviéndolo y disfrutándolo. Una plaza vacía, aunque tenga el mejor césped, no es un espacio público de calidad. Sucede lo mismo con una institución, la participación de la ciudadanía es su razón de ser”, agrega.
Este año, una de la exposiciones de Mostrar el arte fue la de Tiburcio González, una serie de fotografías del interior del país, tomadas en los años 60 y 70. “El público que fue a observar la muestra se encontró con un Paraguay que fue evolucionando. Se habló de la inocencia de la gente de esa época, porque probablemente era una de las primeras veces que se exponían ante una cámara, no abundaba la tecnología como ahora”, analiza sobre el poder de la difusión de la cultura.
Fundación Texo busca que las personas se identifiquen con los elementos expuestos, que descubran cosas nuevas, que adopten este espacio como suyo e interactúen con sus pares. Además, quiere demostrar que el arte puede convivir con otras áreas del conocimiento y que nuestro país puede estar en la conversación regional y mundial del arte. “En ese sentido, Paraguay es una excelente sorpresa”, remata.
Diálogos necesarios
El Granel, además de fomentar actividades artísticas y recreativas, apoya la vida y el trabajo campestre. “Nos importa mucho la relación campo-ciudad, por eso nuestro espacio es un punto de venta para algunos productos agroecológicos que no tienen un lugar de venta permanente en Asunción. Así mismo, es sede de talleres de mujeres indígenas, campesinas y agrupaciones rurales, y del Miércoles Campesino, un menú que honra a las recetas y a los ingredientes del campo”, declara María Glauser.
Para ella, esta es una meta organizacional: la de ser un espacio abierto que ayude a crear conciencia sobre los temas importantes del país. “La relación con la tierra y el alimento es clave en la agenda nacional. Por eso damos lugar a actividades que fomenten un campo sano y justo. Todo lo que hacemos comunica algo y somos conscientes de ello”, asegura la propietaria.
En su análisis sobre la posibilidad que dan los espacios culturales a la ciudadanía, afirma que ayudan a crear encuentros entre grupos que piensan distinto. “Tenemos la oportunidad de unir a la gente, más allá de los temas sobreexplotados por la prensa, que tanto nos dividen”, reflexiona.
Y continúa: “Por eso nuestro lema es 'Un lugar de encuentros', porque buscamos la interacción entre partes de la sociedad que normalmente no comparten espacios comunes, desde un abogado que organiza talleres de cerámica, hasta un niño que escucha música en vivo o un cliente que descubre que vendemos yerba campesina. Creo que ese es nuestro aporte: apostar a que estos encuentros, muchas veces causales, sigan siendo vitales para construir una sociedad que funcione para todos”.
De hecho, este año lanzaron la tarjeta Vecino/a de El Granel, que ofrece descuentos a las personas que viven o trabajan en el barrio. “El respeto entre los vecinos es fundamental para organizarnos como comunidad. Tratamos de colaborar con los negocios de la zona. Por ejemplo, nuestros insumos de librería son de Organizate, y algunos dulces que están en nuestro café son de Monse, que vive en nuestra cuadra”, concluye.
Pasos que empoderan
Espacio E hace mención de la importancia de unirnos para hacer resistencia, de buscar experiencias comunitarias que se sostengan en el tiempo y que nos ayuden a reconocernos en el otro. “Es necesario crear espacios que den un sentido de pertenencia y de lucha conjunta. Cada espacio puede tener particularidad en su historia y sus objetivos, pero lo importante es salir de la idea de que somos sólo un individuo”, opina Edith Correa.
Para ella, es fundamental reconocer nuestra diversidad. “Un cuerpo lleva a la diferencia, no hay dos cuerpos iguales: los pesos, las medidas, las historias, los géneros, los lenguajes, los humores. Debemos apropiarnos de nuestro cuerpo con su diferencia, y de su movimiento, que es constante y está siempre en transformación”, agrega.
Por eso habla de trabajar el movimiento, porque nos ayuda a explorar lo que somos desde adentro y nos da herramientas para imaginar, fantasear o fabular. “Creo que el aporte es ese, comprender que cada ser es diferente y que la danza es parte de nuestra vida, por ende no hay que reprimirla”, comenta.
Tal y como lo menciona, la danza es una materia esencial dentro del calendario cultural de Espacio E. En ese sentido, demuestra que esta disciplina rompe con las formas dictatoriales, con los modelos, y abre la posibilidad a otras verdades, a otras narrativas fuera de la lógica hegemónica del mercado. “El arte ayuda a la construcción colectiva de sentido, a través de él podemos recrearnos, hacernos preguntas, intensificar experiencias; comprender, de alguna forma, las complejidades de la vida”, finaliza.
Teorías prácticas
Desde el Salazar, consideran que los centros culturales deben estar relacionados con su territorio, y que la construcción de estos debe darse de forma orgánica, es decir con la energía y el conocimiento de quienes lo ocupan, lo visitan. “El centro debe nutrirse de su realidad circundante, fortalecer lo local, a veces enlazando con lo que está más allá de su frontera cultural. No existe cultura viva sino es idiosincrásica; sino canaliza el talento de su entorno”, analiza su director Fernando Fajardo.
Su intención no es la de perpetuarse por el simple hecho de responder a un legado, sino ser un espacio donde responder al pasado y al futuro desde el presente. Si bien el CCEJS se compone de herencias históricas como las bibliotecas de Chase Sardi y Amaral, las colecciones de Julián de la Herrería y Josefina Plá, así como los libros y las revistas, no aspira a ocupar el lugar de los archivos o museos, más bien quiere servir como canal al público y brindar el mayor grado de acceso a la cultura.
En esa búsqueda, el concepto de comunidad forma parte del núcleo en su gestión cultural. “La tendencia actual pasa por crear en los centros, laboratorios de ciudadanía donde dar soluciones a los problemas que afectan al bien común. En ese sentido, estos pueden convertirse en almácigos que trasladen las ideas —desde su prototipo— a la ciudad”, comenta.

Él, como cabeza de este centro, asegura que el 2018 tuvo una oferta cultural rica, en cantidad y calidad. Y que esta, fue refrendada con la asistencia del público. “Eso denota la necesidad que la sociedad tiene por disfrutar de la cultura”, señala y concluye al respecto: “Mientras no existan herramientas de medición sobre el público y el estado de la cultura, seguiremos moviéndonos entre percepciones y no sobre datos que permitan aplicar políticas eficaces. Y esa tarea es tan correspondiente a los poderes públicos como a las asociaciones de profesionales de la cultura”.