La última exposición del artista se titula In real life (En la vida real) y se puede visitar en el Tate Modern, de Londres. Esta muestra retrospectiva abre el debate sobre el rol del arte en un momento marcado por la crisis climática y el activismo ecológico.
Por: Jazmín Ruiz Díaz (@min_erre)Periodista especializada en cultura, género y moda.
Mirando por la ventanilla del avión, que sobrevolaba el mar de Baffin en un viaje a Canadá, el filósofo francés Bruno Latour notó cómo la placa de hielo se derretía. Esta observación lo llevó a una conclusión que resume el problema que atravesamos hoy: “Al estar en el avión ya no asistía a un espectáculo, sino que estaba modificando el espectáculo; puesto que el CO2 que emite el avión influye en la placa de hielo. Antes, este espectáculo, el de la placa de hielo vista desde el avión, habría tenido un carácter sublime. Ahora es complicado sentirlo así. Si a usted le dicen que es responsable de lo que ve, el sentimiento es distinto, es una forma de angustia”1(El País, 2019).
Esta influencia del ser humano sobre el cambio climático y las transformaciones a escala planetaria que bien ilustra Latour es lo que la comunidad científica ha bautizado como Antropoceno. Este término es relativamente reciente y se lo debemos al científico holandés galardonado con el Premio Nóbel Paul Crutzen, quien lo introdujo en el año 2000. Antropoceno, entonces, es el nombre con el que se bautiza a la época en la que vivimos, “una nueva época geológica marcada por los efectos perdurables y visibles de la actividad humana sobre todos los ámbitos del medioambiente” (Anderson, 2015). Ahora bien, entender lo humano como una fuerza geológica no debe confundirse con una dominación del ser humano; muy por el contrario —como la crisis climática y los desastres naturales nos lo están demostrando— el ser humano, en gran medida, ha perdido el control sobre esa fuerza que ha producido.
¿Cuándo inicia el Antropoceno? Los académicos proponen distintos momentos. Algunos marcan el inicio a partir de 1492, con la conquista y colonización de América. Otros proponen la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la popularización de la máquina de vapor inventada por James Watt coincide con un ascenso en las concentraciones de dióxido de carbono y metano en la atmósfera. Sin embargo, la fecha escogida en el Congreso Geológico Internacional fue 1945. La detonación de las primeras armas nucleares, primero como una prueba en el estado de New Mexico, y después, con el cruel bombardeo sobre Hiroshima y Nagasaki, es una prueba irrefutable de la capacidad destructiva de la humanidad sobre el ambiente. Más allá de los inicios, como bien lo argumenta el periodista científico argentino Federico Kukso (2019), una cosa es segura mirando al presente: “No hay lugar ni cosa viviente que no hayamos alterado. La población de ganado productor de metano ha aumentado a 1.400 millones. Alrededor del 50 por ciento de la superficie terrestre del planeta es explotada por humanos. Las selvas tropicales desaparecen a un ritmo acelerado, liberando dióxido de carbono. Según las estimaciones más conservadoras, la tasa de extinción actual es cien veces mayor que la existente antes de que el Homo sapiens apareciera en el planeta” (Tangible, 2019). 2
Arte y Antropoceno
En este escenario que se equipara al de un guion distópico, movimientos ecologistas, activistas y científicos son los principales voceros que advierten sobre la necesidad de tomar acciones, ahora. Asimismo, artistas y curadores forman parte de la discusión en torno al Antropoceno, construyendo narrativas y, sobre todo, buscando dar propuestas. “Estas narrativas son increíblemente importantes en cómo reconocemos, abordamos y respondemos al Antropoceno”, argumenta la educadora y artista Kayla Anderson (2015).
Dentro de este grupo de artistas se puede situar la obra de Olafur Eliasson. Este artista que nació en 1967 y se crió entre Dinamarca e Islandia redefinió en cierta medida lo que significa hacer arte contemporáneo. “Transformar el pensar en hacer” es uno de los imperativos que sustenta el trabajo de Eliasson. Para ello, cuenta con un equipo interdisciplinario con sede en Berlín, donde estableció el Studio Olafur. Allí, la producción artística va de la mano con la experimentación, y esta a su vez, se traduce en proyectos arquitectónicos, de diseño y de impacto social.
Para Mariana Reyes, doctoranda en Geografía Humana en Queen’s Mary University of London: “Resulta significativo que artistas de alto perfil hayan comenzado a incorporar ciertas narrativas en torno a la crisis ecológica dentro de su propia producción, algo que no era tan común en décadas pasadas”. Reyes se encuentra investigando las representaciones del Antropoceno dentro de museos de arte y ciencia. En este marco, considera que la labor de Eliasson acierta en hacer uso “de otros lenguajes para llevar el tema a un público amplio. Me refiero a lenguaje como el afectivo y lo sensorial, por ejemplo. Estos lenguajes resultan fundamentales para apelar a la sensibilidad del público, y eventualmente potenciar su movilización política”.
En ese sentido, una de sus obras más paradigmáticas es The Weather Project (El proyecto del clima, 2003). En esta instalación comisionada por el Tate Modern, que marcó un antes y un después en la forma de entender los museos, el arte y el rol del espectador, la Sala de Turbinas del museo londinense se vio invadida por una puesta de sol contenida. Allí, una atmósfera en dos tonalidades teñía —o desteñía—el espacio. Y esta es una idea que mueve al artista danés: proponer un único paisaje que cada espectador percibe de manera distinta. Como explica en una entrevista posterior: “Vivimos en una sociedad en la que la diversidad se considera un problema. Los fenómenos naturales pueden ser un modelo para situaciones espaciales, temporales o sociales en las que la diversidad se considera algo productivo. The Weather Project iba de eso: de estar juntos y al mismo tiempo ser diferentes, algo que parece no interesar mucho en el mundo actual. Cuando se preserve la libertad de cada uno a experimentar algo que puede diferir de las experiencias de los demás, el arte será capaz de tener un impacto significativo sobre el individuo y la sociedad” (El Cultural, 2013) 3.
En la vida real
Dieciséis años después de la instalación que le dio una posición estelar en el mundo del arte, Olafur Eliasson regresa al Tate Modern de Londres con la exhibición In Real Life (En la vida real). La obsesión por la geometría, las propuestas que juegan con los límites de la percepción humana y la naturaleza como fuente de inspiración son los hilos conductores que nos llevan a través de esta muestra retrospectiva. ¿Cómo se conectan estos intereses? El propio artista lo explora en detalle como uno de los protagonistas de la segunda temporada de Abstract, serie documental de Netflix que se enfoca en referentes de los distintos ámbitos del diseño. Pero se puede sintetizar en una frase que deja casi hacia el final del capítulo: “Cuando ves que la realidad es relativa, hay más probabilidades de cambiarla”.
Esto se traduce en esculturas e instalaciones a larga escala en las cuales elementos como la luz, el agua y la temperatura del aire son utilizadas para aumentar la experiencia del espectador, a quien él considera participante y co-creador de la obra artística. Una de las instalaciones principales de la muestra del Tate es Your Blind Passenger (Tu pasajero ciego, 2010). Allí, los visitantes atraviesan un túnel de 45 metros de niebla luminiscente, avanzando con incertidumbre y con las manos extendidas. Para el artista, esta obra es una reflexión sobre la relatividad de los sentidos, los cuales “pueden ser mucho mayores de lo que pensamos, depende de nosotros recalibrarlos” (The Guardian, 2019).
Sin embargo, esta característica participativa de la obra de Eliasson no solo ha cosechado aplausos; también ha suscitado críticas. “El hecho de que su arte privilegie al propio espectador mina el protagonismo del medio ambiente al cual presume dedicar su obra: la atmósfera, el hielo de los glaciares, o la neblina”, explica Reyes. El problema, de acuerdo a esta investigadora mexicana, es queasí, la propuesta de Eliasson se concentra en el encuentro individual del visitante con la pieza, comprometiendo ampliamente el potencial de este para adquirir una consciencia ecológica crítica”.
Otros cuestionamientos que In Real Life ha producido tienen que ver con su falta de acceso para personas con movilidad reducida: muchas de las instalaciones son imposibles de disfrutar desde una silla de ruedas, por ejemplo. “Esto deja ver una gran falla tanto del artista como de la institución que exhibe su obra”, argumenta Reyes, quien finalmente, hace una reflexión acerca de la posición social y cultural de los artistas —étnica, de género y de clase— y cómo esta se vincula al mensaje que buscan divulgar con su obra: “Ante los evidentes signos del Antropoceno —el derretimiento de los glaciares, o la deforestación del Amazonas— nos podemos preguntar si no sería más valioso que el arte sobre el Antropoceno trajera al frente voces distintas a aquellas de hombres blancos europeos (como Eliasson), voces que ya han sido protagonistas durante siglos. En este sentido, los museos aún tienen una deuda muy grande con el trabajo artístico proveniente del Sur Global”.
Desde América Latina
Para situar la discusión sobre arte y antropoceno en Latinoamérica, Reyes recomienda la pieza audiovisual Forest Law (Selva Jurídica) de Ursula Biemann y Paulo Tavares: “Si bien Biemann no es latinoamericana (Tavares sí), su trabajo se centra en las luchas de pueblos indígenas por defender sus territorios de los intereses del capitalismo extractivista”.
1 Entrevista publicada en la edición online de El País (31/03/2019)
3 Entrevista publicada en El Cultural: https://elcultural.com/Olafur-Eliasson