La diseñadora Camila Orué reflexiona sobre las posibilidades de una industria más consciente, basándose en la experiencia con su marca Ancestral, que propone prendas con tejidos hechos por artesanos de Carapeguá.
Texto: Micaela Cattáneo
@micaelactt
Fotos: Nadia Monges
Esa mañana Camila tenía puestos unos jeans sueltos, un kimono y, debajo de este, un crop de Ancestral, su tienda de prendas hechas con tejidos cien por ciento artesanales. Son esas las palabras que usa cuando alguien le pregunta sobre qué trata su proyecto. Y no le pone punto y aparte a esa respuesta sin antes mencionar lo que para ella tiene más valor: que estos tejidos son elaborados por tejedoras de Carapeguá.
Ancestral nació a 325 kilómetros de Asunción, en Ciudad del Este. Quizás, a un par de metros más, en Foz de Iguazú. En verdad, en ambos puntos. Porque fue en ese diámetro fronterizo que ve cruzar a cientos de personas día a día que su idea de diseños sustentables empezó a tomar forma.
Camila nació y creció en Ciudad del Este, pero su carrera universitaria, Diseño de Indumentaria, la hizo del otro lado del Puente de la Amistad, en la União Dinâmica de Faculdades Cataratas. Allí, para recibirse, debía elaborar una tesis, por lo que empezó a buscar información sobre un tema que siempre le había llamado la atención: las artesanías.
“Investigué sobre todas las artesanías existentes en nuestro país y me pareció que las de Carapeguá eran muy interesantes porque era (es) la ciudad con más artesanías en Paraguay”, comenta. Si bien este dato no pasó desapercibido para ella, en su trabajo final de grado abordó la artesanía de los indígenas maká.
“Opté por esta comunidad porque ellos viven de la artesanía y están organizados en torno a esta práctica, en cambio otros pueblos —como los guaraníes—, no. Sí hacen pulseras y canastas pero no viven exclusivamente de esto. Para mi tesis, por ejemplo, hicimos un chaleco del material con el que elaboran los bolsos que venden en la calle, y que todavía los trabajan a mano”, explica.
Camila migró un tiempo hacia la capital para culminar con esta etapa. Su tesis se tituló “La artesanía textil y el diseño contemporáneo para una indumentaria más sustentable”, y fue el antecedente primordial para que Ancestral sea un hecho.
“Cuando terminé la tesis, me puse un objetivo: 'voy a ahorrar y empezar con la tienda'. Pero la realidad es que pasaron dos años y el ahorro se me hacía imposible, porque tenía que invertir como G. 600.000 para realizar una prenda y no tenía. En junio o julio del año pasado sentí un vacío emocional, como que nada me llenaba, y decidí volver a Ciudad del Este con mi familia para recuperarme de esa crisis”, cuenta.
En principio, pretendía quedarse hasta diciembre, pero con el pasar de los meses —sin la presión de otros compromisos— empezó a diseñar y a enviar propuestas sobre su proyecto. En ese lapso recibió la llamada de la Misión Técnica de Taiwán y la propuesta de presentar una colección con tejidos de los artesanos de Yataity en el Asunción Fashion Week.
“Volví a Asunción y arranqué. Siempre estuve motivada con la idea, pero este trabajo con la Misión Técnica de Taiwán me motivó económicamente, ya que la realidad como emprendedora me decía que necesitaba dinero para invertir. Fui probando de a poco, busqué opciones más económicas, como los tops hechos de fajas paraguayas, entre otras cosas. Y así Ancestral empezó a cobrar fuerza”, señala.
Conocimiento que perdura
Carapeguá, que está a casi dos horas de Asunción, es una ciudad sin tanto barullo (como cualquier otra del interior del país), sin embargo no es indiferente a la vista de quienes circulan por ella, ya que los colores de los tejidos expuestos en los comercios cortan la monotonía de los paisajes en ruta. Carapeguá es, también, la ciudad que visita Camila cada vez que busca las telas para sus prendas.
Una de estas visitas sucedió esa mañana en la que llevaba puestos unos jeans, un kimono y un crop top de su tienda. Su nexo con las tejedoras es Gladys Mato, una señora amable que trabaja en la sede del IPA (Instituyo Paraguayo de Artesanía), un salón grande del centro de la ciudad que tiene en la entrada un cartel que dice “que la prioridad sea lo nuestro”. “Como ellos viven lejos, en las compañías que están fuera de la ciudad, y muchas veces no tienen señal, yo les solicito las fajas, el encaje ju o los telares del poyví que ella necesita”, dice Gladys.
“No trabajo con una sola tejedora. En ese sentido, es una economía circular porque no se centraliza en cinco personas nomás. Yo le hago los pedidos a Gladys y ella me consigue las fajas de una artesana, el encaje ju de otra y los telares de otra. Les voy conociendo de a poco a todas. He visitado algunas casas y veo que el trabajo con los tejidos es una cuestión cultural y familiar”, agrega Orué.
Esa mañana conoció a Francisca Gómez, una tejedora de encaje ju que aprendió el oficio de su madre; a Élida Jara, tejedora de poyví que heredó la técnica de su suegra y a Rafaela Brítez, quien junto a sus hijos confecciona las tradicionales fajas paraguayas. Generalmente, en Carapeguá, esta labor artesanal está liderada por mujeres, pero como es un conocimiento que se transmite en el seno familiar, muchos hombres trabajan en el rubro.
Francisca Gómez
Rafaela Brítez
Con Ancestral, Camila, además de proponer diseños alejados de las grandes industrias, expone lo que deberíamos preguntarnos como consumidores. “Creo que como compradores debemos saber a quién financiamos, de dónde vienen los productos que elegimos y, de esta manera, empezar a construir un consumo más consciente”, reflexiona la diseñadora, quien también es autora de Namasté, una marca de prendas vintage.
Y concluye: “Aunque todavía no existe algo completamente sustentable, creo que es ese el camino que todos debemos seguir. La sustentabilidad implica que las personas que trabajan contigo estén bien pagadas y que realicen sus tareas en buenas condiciones. También comprende evitar las emisiones de carbono que genera los traslados de mercaderías de afuera y, en efecto, apostar por productos hechos en nuestro país”.