Texto: Esteban Aguirre
El primer día del 2019, un arquitecto de apellido Feliciángeli me dijo: “Te quiero felicitar, porque vos sos un tipo feliz. Lo noto en tu sonrisa, seguí así. Chau, nos vemos después”. Para celebrar este regalo con un marcante —y para propósitos de este texto— a mi nuevo amigo lo llamaré “El arquitecto Felí”.
Las únicas tres personas que hablaron de mi sonrisa, previa a esta emblemática despedida con El arquitecto Felí, fueron mis abuelos y mi papá. “¡Mirá!, tiene tu sonrisa”, le decía mi abuelo Juan Esteban a mi papá. Mi abuelo Pituco decía: “Este niño tiene la vida ganada, mirá su sonrisa”. Y: “Vos eras un mitaí pire porâ, no había forma de sacarte esa sonrisa”, decía mi papá.
De cierta manera, el norte de mi vida ha sido guiado por la confianza de estar presente (en todo sentido de la expresión) en aquellos lugares en donde sonreír se siente natural. No sé si, irónica o felizmente, es una casualidad que esa sonrisa llame la atención de las personas que representan una figura paternal en mi vida. Tal vez sea recordatorio de que la brújula de mi paz se encuentra embebida en la curva que a cada tanto me regala el rostro.
Luego de este encuentro con El arquitecto Felí me encontraba charlando con Roa, mi hijo. Como el tópico de sonreír estaba fresco, parecía causalidad el hallazgo que con felicidad me compartía: “¡Papo!, ¿sabías que el cuerpo humano tiene 206 huesos?”. Nada que te haga sonreír más que aprender algo de tu hijo. “La verdad que no sabía eso, papito”, le decía mientras nos perdíamos en una googleada de la anatomía humana, en donde encontramos el siguiente texto: “Son necesarios 40 músculos para arrugar una frente, pero sólo 15 para sonreír. Sonríe aunque sólo sea una sonrisa triste, porque más triste que la sonrisa triste, es la tristeza de no saber sonreír. Hay sonrisas que no son de felicidad, sino de un modo de llorar con bondad”. ¿Lectura casual? No lo sé Rick (y Morty).
La sonrisa de mi hijo me da tranquilidad, está presente del Buenos días al Buenas noches. Y si me permiten el anexo, ese muchacho tiene un hoyuelo que es una máquina de guiños, y que como galán, lo sabe usar a su favor. Está listo ese muchacho, ¡a encarar el mundo se ha dicho! No en vano decía Tolstoi que “el niño reconoce a la madre por la sonrisa”. Ese hoyuelo es una de las peculiares y geniales particularidades que mi hijo comparte con su madre.
Mi última columna del 2018 hablaba de encontrar la risa estando en movimiento. En esta hablo de la sonrisa. Creo que vamos a un buen inicio del año. Soy un entusiasta de la paz que se produce entre una carcajada y ese dejo hermoso que tiene todo ser humano que sonríe después de una buena risotada.
Tal vez es esa la búsqueda que vestimos de existencialismo: una buena, sincera y perenne sonrisa adornando nuestro cráneo, aquel vehículo de nuestros cerebros que a veces no logra encontrar paz en este mundo saturado de letras que no generan palabras pensadas. El dejo de la nada de las opiniones sin fundamento, a veces hace que los ojos del lector, o las orejas del oyente, le propinen una innecesaria jaqueca a nuestro cerebro, insatisfecho de información y saturado al mismo tiempo. Que difícil se hace sonreír en tiempos en donde sacarse una foto a uno mismo es la mejor idea que tenemos para compartir nuestra existencia.
Con razón la sonrisa está convirtiéndose en una especie de cometa Halley, un acto que encuentra su periodicidad cada 76 años; una especie de recordatorio del universo y de mi nuevo amigo, El arquitecto Felí, que nos dice que una sonrisa es reflejo del feliz andar. O como mejor lo bajó a letra mi hermano LouEase algún tiempo atrás en su blog Esperando al Halley*:
Los fantasmas intercambian cortesías y preguntas que suenan como música de fondo para un encuentro en el que toda respuesta va a quedar mejor olvidada.
Ella le entrega al momento una sonrisa amable, pero es suficiente para hacer eso que solo su sonrisa sabía hacer.
Él siente por un segundo el inicio de esa pirotecnia en su pecho que creía haber superado hace años.
Ella guarda su sonrisa y en silencio, él se lo agradece.
Él inventa una excusa y empieza a despedirse.
Los dos se mienten al decir que estaría bueno volver a verse y se dicen adiós.
Sin un beso.
Sin un abrazo.
Solo adiós.
Ella continúa caminando hacia el norte con los pasos determinados y las manos en los bolsillos.
Él continúa hacia el sur, entendiendo finalmente por qué las estrellas en su brazo andaban brillando tanto últimamente.
La luz se pone verde y una estela de energía, que se desprende de estos dos fantasmas mientras se vuelven a alejar, empieza a escribir con mayúsculas una palabra que queda flotando en cursiva ahí en el medio de esa calle ubicada en este o en cualquier otro lugar del mundo*.
Extracto de la columna Fantasmas” , de Luis Aguirre (EsperandoalHalley.blogspot.com).